Saturday, May 30, 2009

Lisímaco Porras

Para la Dra. Patricia Vega Jiménez, que lo escribí como un proyecto para su clase.


Cuando los oficiales de Braulio Carrillo irrumpieron en la imprenta de Joaquín Bernarndo Calvo, Lisímaco Porras estaba cumpliendo los ocho. Habían de pasar cinco años para que el (en aquel entonces) pequeño niño, entendiera que este hecho, ignorado en su infancia, iba definir el resto de su vida. En ese entonces ‘‘La Merced’’ editaba el ‘‘Noticioso Universal’’ y de vez en cuando, uno que otro trabajo de esos en los que se especializaba ‘‘la Paz’’, ‘‘La Libertad’’ o ‘‘La Concordia’’.


Lisímaco aprendió a leer por obra y gracia del Espíritu Santo y sus padres creyeron que era lo único que sabía hacer bien. Desde pequeño admiraba a Miguel Carranza. Algo entre el tóxico olor a tinta y la pesada maquinaria lo seducía constantemente, por eso, no fue ninguna sorpresa que empezara a trabajar como aprendiz en la imprenta del estado cuando recién había cumplido los trece.


La familia Porras, por su parte, guardaba un especial cariño por Miguel Carranza, eran partidarios de Carrillo -cómo buenos josefinos- y odiaban a muerte a Gallegos. Miguel había convencido al señor Porras de que ‘‘La Paz’’ era la mejor imprenta del país y que el estado nunca debió contratar a Valenzuela. Recuerdo que Lisímaco no dejaba de repetir que el mejor líder de Costa Rica había sido, sin lugar a dudas, Braulio Carrillo.


Todavía recuerdo cuando lo conocí en uno de los tantos cafés de la época. Años antes de que quemaran ‘‘La Información’’. Nadie se explicaba cómo aquel ex maestro impresor se mantenía vivo y (más sorprendente aún) lúcido. Me lo presentó Rómulo Tovar, en ese entonces apenas estábamos empezando los dos, en esto de los periódicos.


Era un señor bonachón, arrastraba una panza cervecera desde sus años de tandas de domingos y lunes santos. Siempre opinaba de la política del momento y nadie dudaba de su capacidad de juicio. ¡Cómo nos lamentamos que no nos acompañó en el embrollo de los Tinoco!


De ayudante siempre fue sobresaliente (o por lo menos eso dicen), su pasión por la imprenta hizo que ni los peligros de las máquinas pesadas, ni las inhumanas jornadas laborales lo detuvieran en su empresa de llegar a ser maestro impresor. No ganaba ni medio peso y apenas le alcanzaba para pellejear lo necesario, pero no habían pasado ni dos años cuando ya era oficial, no sé si quinto, cuarto o tercero, pero se la jugaba.


Nunca se quejó y (aunque al principio no hablaba mucho) siempre simpatizaba con el director de la imprenta del momento, principalmente con los señores Nazario Toledo y Adolfo Marie. Tal vez porque cuando ellos llegaron a la imprenta ya Lisímaco era maestro impresor, o tal vez porque todo lo que leyó en un lapso de siete años lo había convertido en un erudito. Lo cierto es que sus más de diez años en que lealmente sirvió a esta empresa, hicieron de Lisímaco quien sería el resto de su vida.


Me contaban que de vez en cuando se pegaba sus tandas con los Carranza los fines de semana y los domingos, aprovechaban para hablar de Joaquín Bernardo Calvo, de Braulio Carrillo y serrucharles el piso a Juan Francisco Valenzuela y a José Rafael Gallegos.


Fueron casi quince años de trabajar, y hubieran sido más de no ser por la batalla del 56, porque sin un brazo es mucho más difícil. Desde limpiar y barrer cómo aprendiz, hasta dirigir a los oficiales cómo maestro impresor, nunca dejó de escalar y no fue director de la imprenta porque no quiso (quizás porque odiaba a los políticos), pero tenía que venir el jodido aquel de Walker a pasearse en la fiesta, y como Lisímaco era primo del presidente tenía que irse. Pero ¡Qué hubiera sido de la imprenta en este país si Lisímaco Porras hubiera seguido!


Cuando Rómulo y yo entramos al café para conocerlo, Lisímaco estaba discutiendo con Jorge Volio. Dicen que fue por Lisímaco que Jorge entre sus politiquerías se metió a esto de los periódicos. Nos sentamos al lado del antiguo maestro impresor y lo invitamos a una cerveza. Nunca voy a olvidar cómo me hablo de toda la historia del gobierno, de todo lo que se había sufrido en las imprentas y de las jornadas pesadas.


Fue gracias a Lisímaco que me metí a esto de ‘‘La Nueva Prensa’’. Se me apareció después del escándalo de los Tinoco y cómo podrás imaginarte casi me muero del susto. Si lo habíamos enterrado hace ya buen rato y ni siquiera sé porqué a mí, yo solo lo había visto un par de veces cuando iba al café y ocasionalmente lo invitaba a una cerveza, pero ahí estaba cómo siempre, todavía sin un brazo y diciéndome que hacer, hablando maravillas de Braulio Carrillo.


Se había peleado con Jorge Volio y casi se pelea conmigo cuando le dije que yo si creía en el voto femenino, pero ahí me fue aceptando. Había que entenderlo, para él las mujeres no podían entrar a la imprenta. Tal vez por eso se me quejó tanto cuando supo de las cartas que publicó ‘‘La Prensa’’, pero bueno, siempre odió a los reformistas, alguna bronca fuerte se habrá mandado con Volio, porque si que estuvo en contra de esos Tinoco.


Desde el viejo borracho de la esquina, hasta los mismísimos intelectuales del país, cómo Carmen Lyra y Joaquín García Monge, en algún momento de su vida josefina se toparon con Lisímaco, y ninguno de ellos dejó de decir que era un viejo necio y que nunca salió del siglo pasado, pero inteligente, eso sí. Él mismo lo decía: ‘‘Soy tan jodión que el cólera y las balas se cansaron de batallar conmigo, entonces se me llevaron el brazo’’ (y reía, siempre reía). Cuando estuve en ‘‘La Nueva Prensa’’ lo pude corroborar.


Yo entré en el veinticuatro. Todavía se imprimía en la Imprenta Borrasé, fue más o menos por los mismos años cuando entró Rómulo y por eso jorobaban siempre con que donde iba Rómulo iba Misael, y donde iba Misael iba Rómulo. A los dos nos gustaba el periódico y nos metimos porque sabíamos que había ayudado a varias trabajadoras y lavanderas en el pasado.


Lisímaco siempre me protestó, desde el susto de encontrármelo hasta el día que se fue para siempre. Que porqué me metía yo con esas lesbianas de la Liga Feminista, que lo único que hacían era corromper a las damitas. Yo más de una vez tenía que respirar profundo porque al señor Porras, (y esto sí es cierto) nunca le alcé la voz, mucho respeto mediaba ahí. Incluso una vez me reclamó que porqué no apoyaba a las verdaderas mujeres trabajadoras de este país como una tal Eida Lobo que ganó no sé qué concurso de ‘‘La Prensa’’, pero guardó silencio cuando le dije que entonces me iba a ir con los reformistas.


Creo que Lisímaco nunca entendió bien eso de los concursos, porque si él hubiera sabido que lo que querían los reformistas era hacer que las trabajadoras destacaran, nunca me hubiera reprochado nada. Él siempre fue muy viejito de mujeres bellas con senos grandes que trabajan todo el día para la casa y los chiquillos, creo que por eso fue que al final se terminó largando.


Fue en el veintinueve (todavía lo recuerdo) la última vez que vi su panza cervecera y su risa bonachona. Llegó enfurecido diciéndome que este Quijana iba a terminar de pasearse en todos los periódicos del país con sus ideas de apoyar a las feministas. Me dijo ‘‘Misael te tenés que ir de esto ahora mismo, no sé cómo carajos pero te largás porque te largás. Ahora viene una sociedad cultural de la mujer a hacer no se qué zambrotes’’. Reuní todo el coraje que tenía en mi alma para decirle ‘‘No me da la gana’’. Entonces Lisímaco se dio media vuelta y se fue, nunca más volví a hablar con él ni saber de su sentido del humor, pero a veces cuando voy a los cafés, me gusta levantar la cerveza y brindar por Lisímaco Porras.


David Ching

2009

6 comments:

N@ni said...

Bien x Lisímaco!! casi un siglo de historia jeje

G.R.A. said...

Jaja muy bueno Ching, me encantó lo de "las lesbianas de la Liga Feminista que corrompen a las damitas"

Saludos Lisímaco... digo Ching!

[aMa] said...

"Era un señor bonachón, arrastraba una panza cervecera desde sus años de tandas de domingos y lunes santos."... Jaja me encantó esta descripción.

Buenísimo David, éxito de cuento...

nickyfc said...

Está buenísimo ching. Yo que doña Patricia o Fofo, amaría leerlo.

filosofiapop said...

Hay que amar a Patricia Vega

Rex said...

CHING!!!!! HAMBRE!!!!! RUAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!