Thursday, April 11, 2013

Quedate


Quedate un rato
te hago un pequeño campo al lado de mi asiento,
al lado de mis copas de vino y  mi errática forma de pensar
Disfrutá de la absurda forma de hacer magia con espacios distraídos bajo la cobija de algún aprendiz.

Quedate mientras miro las acuarelas de mi tío.
Hazte un té cargado al amanecer y despídeme cuando no estés a gusto.
Yo tiraré los dados de nuevo,
cuando te vayas  y dejés tu sombra llameante
a un lado del espejo donde nos miramos juntos.

Decile adiós a las partidas complicadas,
a los ajedreces de piezas negras y reyes sin peones,
a las caras inexpresivas antes del ''river''.

Vení sin pensarlo mucho,
sin dilemas de margaritas o de caras y cruces,
sin cuerdas, o esposas o anillos
y salí a jugar si te cansás,
o si encontrás  ingratos caminos que te seduzcan
vete sin darte pedradas al pecho.
yo volveré a tirar los dados

Monday, March 4, 2013

Vos

‘‘A ti que no te debo más que el empujón que anoche me llevó a escribir esta canción’’ J. Sabina


Son de las cosas que ya no entiendo de vos,
solías tomar ajenjo con tanto desdén,
como si el mundo ya no te importara,
como si un par de desamores se hubieran quedado en el olvido y los bares belgas tuvieran todas las soluciones del planeta.

Después podías perderte en las callejuelas con una vela  encendida
y esperar a que lloviera para bailar  una salsa seca y fuera de ritmo
antes de encerrarte en tu cuarto a llorar amargamente hasta que el corazón se saliera de tu pecho.

Eras una figura risueña
corriendo detrás de los papalotes, queriendo atrapar sus sombras
para guardarlas en un frasquito y verlas todas las noches.
Yo me quedaba en una esquina, riendo tímidamente con complicidad paternal.

En ese entonces te comprendía
y corría con vos bajo la lluvia, burlando la aberrante alegría de éxitos efímero,
de mentiras que creía como dulces baratos de piñata de fiesta.
También coreaba los valentines y cumpleaños detrás de las faldas de sombras perdidas
y predicaba en las esquinas vacías de los cuadernos amarillentos.

En ese entonces solía reiterar los porqués y replantearme preguntas absurdas al despertar de la mañana.
Preguntas que saben a cigarrillos mordisqueados con mala música
fumados en el frío para calmar las ansias

Después te perdiste,
abandonaste las ideas vacías que defendías a capa y espada
y mataste todo lo que sostenía tu alma,
las estrellas que brillaban en lo más oscuro de las penumbras.

Ahora abandonas las plumas, secas, lejos de los tinteros,
lejos de versos románticos recitados
y de clichés que amabas cuando te golpeaba la sed,
y  quedabas pidiendo agua en un desierto de vaivenes absurdos y grotescos
que aterran las noches con  gestos obscenos y asquerosos.

Te odio con la fuerza de quien odia la resaca mañanera,
el tímido azul de las sábanas solas o el insignificante ‘’buenos días’’ de la madre resignada.
Te odio porque sos lo que pude ser y no fue,
lo que se grita en el vacío oscuro de una noche de insomnio.
Te odio porque no has sufrido lo suficiente y crees que lo has hecho.
Te odio porque crees que todo va a estar bien y que habrá un desenlace feliz
y que el Edén existe, la vida será alegre y bailaremos juntos en jardines de  rosas invisibles,

bastaría darse la vuelta en la esquina para toparse los árboles caídos,
las hojas muertas y podridas hundidas en charcos espantosos
y las mentiras que se repiten constantemente para satisfacer los placeres banales e inmediatos.

Pero no podés ver más allá de tu nariz y seguís enamorándote de las novelas que te hacen llorar
y de las ilusiones mal dibujadas con destinos rebuscados.

Al fin y al cabo nos dejaste abandonados, tristes y solos
como los viejos que juegan al póker por placer, sin darle valor a las fichas
y que fueron abatidos por las olas del mar
por los intentos fallidos de irse a doble o nada
y las miserables tertulias de amigos acomodados en desesperanzas sin sentido.

Ahora me quedo con lo que soy 
y por eso te odio, por vos.
Detesto que juegues a los dados en mi vida,
que te sigas comiendo los señuelos luminosos,
y que te sigas engañando con papeles de cromo
pero detesto más aún no poder negarte… y seguir esperando que tengas razón.

David Ching
2013

Saturday, January 26, 2013

El camino a Tarragona

Tomé un tren de Barcelona a Valencia que se detuvo unos minutos en Tarragona y eso es todo lo que sé del lugar.  Está en el noreste de España, probablemente en Cataluña -tal vez en Aragón- y deben ser muy católicos por ahí. Me gusta el nombre, tiene estilo.

Es bonito pensar que por ahí no hay crisis económica, que los hermanos de los trabajadores de construcción esperan con brazos abiertos a quien pide cincuenta centavos de euro en la calle. Era un señor de barbas blancas que parecía tener muchos años por delante y por detrás. Charlamos con él un poco porque ‘‘aquí no se ve, pero las cosas están jodidas y no sabemos qué puede pasar si nada cambia en las próximas elecciones’’.

Y fijate vos que aunque los universitarios se vayan de fiesta todos los días y lleguen miles de turistas al año, hay otro lado de la historia que nadie ve. Porque ¿qué le importa al estudiante extranjero o al turista de pie si las cosas van bien o mal? Mas bien, si todo sale más barato mejor y aún así no se puede comparar el pasado ajeno. Por eso uno no entiende cuando tiran una bandera de Cataluña encima del cajero automático del banco de Madrid y del otro lado del mundo, el referéndum de independencia sólo importa cuando el Barcelona le mete cuatro al Real. 

Aquí no se ven los letreros de ‘’se vende’’ en los locales vacíos (como en otros lugares de España) ni hay protestantes que se refugian en bares donde los señores mayores con familia en Suramérica los protegen de los macanazos. Claro habrá huelga cada lunes –casi programada ya la cabrona-  pero a más no pasa
.
Aquel señor debía tenía como cuarenta, estaba bien formado, un poco panzón -pochotón, diría mi mama- educado, bien vestido y amable, no parecía el tipo de persona que ocupa pedir medio euro en la calle para conseguir el boleto a Tarragona, pero uno nunca sabe, la cosa esta fea… eso dicen los periódicos.

Cuando tomé el metro de vuelta y llegué al piso, quise tomar la computadora y buscar de Tarragona, quería saber qué tenía de mágico ese lugar que con ansías anhelaba aquel barbudo extendiendo la mano para pedir medio euro. Pero me gusta pensar que su hermano lo recibiría, que ahí iba a conseguir trabajo, que ahí la construcción era un buen negocio, ahí todo iba a estar bien… Y yo sé que si buscaba más me iba a dar cuenta de cómo eran las cosas y me iba a poner triste. Preferí dejarlo así, como un punto misterioso entre Barcelona y Valencia, dejé la computadora quedita y me fui a leer en una esquina.  ¡Qué cabrón que soy!


David Ching
2013

Sunday, September 30, 2012

Una corona de espinas de rosas



Olvidaste una corona de espinas de rosas
remojada en el azul desparramado de los tinteros
y el agua de lluvia de las hiedras perezosas
que nunca quisieron trepar los azulejos

Los pétalos no palidecieron su rojo vivaz
ni dejaron de brillar con la luz de la mañana,
más ingratos, permitieron que el tiempo fugaz
les arrancará con crueldad sus tímidas canas.

Quedaron las espinas con los tallos sin retoños
cuando las macabras flores quisieron partir
para dejarme oxidado, desolado y solo
con la egoísta promesa de no revivir

y en el patio quedó tu corona de rosas
vacía y triste sin rosas que dar
con la memoria taciturna que llora celosa
la esperanza que el tiempo se encargó de olvidar.

David Ching
2012

Tuesday, August 21, 2012

La servilleta de un bar


El dorso de la servilleta de un bar puede ser el mejor lugar para tirarse un lapicero y sacarse las tripas. Hay olores a sexo de una noche, a vómito bautizado con cerveza, tabaco y drogas, a números de teléfono falsos pulidos con mentiras de desamor, a colillas de cigarro en orinales apestoso a amoniaco.
No sé si queda algo del labial barato que hace unas horas me quiso dibujar la joven de tetas tímidas y cara de trapo. Decido morderme los labios para evitar malentendidos y liberar tensión.
Me provoca la gota fría que baja por la jarra de mi cerveza y los senos borrachos de la mujer de al lado con el olor a deseo que sale de su vagina. Dos hombres se besan en una esquina. Yo chupo los restos de tabaco reprimiendo mis deseos eróticos y veo la servilleta blanca e inocente, esperando llenarse de mugre, saliva y semen.
Mi compañero mantiene la mirada baja y dibuja algún rostro imaginario con su dedo índice en el vidrio de la mesa. Termino de fumarme el cigarro, muerdo la colilla y la tiro al suelo. ‘‘¿Vamos por otro trago?’’


Sunday, May 13, 2012

Recuento de daños


Cuando el hastío se vuelve parte de la vida cotidiana, las personas tienen la costumbre autodestructiva de repensar y replantearse preguntas ingratas sobre errores inexistentes. Encontrar culpables donde no hay es fácil y cruel, características básicas que agradan al común y corriente ser humano morboso, por lo mismo no es raro incurrir en esta práctica que con frecuencia lleva a tomar decisiones impulsivas e impredecibles.

Era claro que Pedro Moscoso estaba dolido cuando decidió abrir la jaula para liberar a las codornices abandonándolas a la intemperie de un mundo despiadado con las pequeñas aves. Lo que nadie entendió es que detrás de esos negros ojos vacíos y esa nariz de gancho, Moscoso quería dejar ir un fantasma que lo asediaba desde cincuenta meses exactos atrás.

El herrumbre de la jaula, siempre posada en la entrada del hogar, se sacudió cómo estirándose tras un sueño de muchos años. El bullicio se expandió por la pequeña fachada y se coló por la ventana, entrando en la sala, la cocina y el corredor de los cuartos hasta salir por la puerta de atrás. Fue tal la escandalera que el recién llegado inquilino se asomó de reojo por la ventana de la habitación del fondo del patío a ver  que sucedía.

Moscoso se fue a su cuarto y abrió la gaveta donde estaban las facturas. Empezó a sacar cuentas ¿De quién había sido la culpa?

Que por acá se había ido el oro del abuelo, que por allá se habían terminado los ahorros de la infancia, que se tuvo que vender el reloj de bronce, el monóculo de la abuela, empeñar los trajes, alquilar el cuarto del fondo, compartir los cubiertos, cortar el alma, extirpar el coraje, mentir, fingir estar bien, debiste estar ahí ¿porqué te fuiste? No fue culpa mía, ya no había nada más que hacer, lo quise dejar ir ¡No me había quedado de otra!

Magdalena bajaba por las escaleras cuando vio el alboroto de los pichones de codorniz inquietos y perdidos en el patio de Pedro. Su esbelto torso se quiso torcer para mirar mejor por la ventana de su casa, alzó su achatada nariz para fruncir el seño (maña que arrastraba desde su juventud cuando las sorpresas no le sabían bien). Pegarle una visita a su viejo amigo no sonaba a mala idea.

Los pajarracos confundidos buscaban un árbol que asemejara su antiguo hogar. Eran varias generaciones de vivir entre cuatro rejas y perder sus huevecillos por la ingratitud e una mano misteriosa. Desde niño, Moscoso adoraba sus mascotas y, lejos de ver un negocio en la carne y los huevos de codorniz, le gustaba observarlos dándose picotazos inquietos y fúrico, defendiendo su espacio. Poco iba a sospechar que el hastío cotidiano lo llevaría, muchos años después, a tirar por la borda el pasatiempo ingrato.

Solía apostar, De joven se enamoro del póker, del whisky y de Magdalena. El tiempo fue matando la pasión hasta convertir esos tres amores en no más que viejas amistades para saludar de vez en cuando. Magdalena, por su parte mantuvo por Moscoso ese cariño tierno y filial que evita cualquier sentimiento romántico en una mujer. Poco a poco los dos desarrollaron una complicidad extraña de punto medio entre amigos y amantes sin amor.

Magdalena se sorprendía fácilmente, pero no lo hizo cuando Pedro llegó a pedirle el mazo marcado. Aunque no entendía muy bien que era lo ‘‘especial’’ de aquellas cartas, ella sabía que algún gato encerrado se manejaba Pedro. ‘‘Las codornices ya no dejan pero se vienen buenos tiempos, quiero empezar un negocio de artesanías de madera. ’’ ‘‘Tomá, no me expliqués, nada más no te metás en una bronca. ’’ ‘‘Es la deuda familiar, vos sabés…’’ Luego con una taza de café recordaron ir juntos a comprar las primeras codornices.

‘‘Tu tata tenía deudas y venías ahorrando desde navidad para comprarte los pajarracos, vos ni sabías de los condenados huevos hasta que la vieja Ivannia te preguntó si los vendías’’ (reía con los ojos iluminados) ‘‘Cierto, cierto (asentía) míralos no más que hermosos. Siempre ando en otras y nunca deja nada pero me gusta decir que soy criador de codornices’’. El café se había terminado y la tarde estaba preciosa. Cincuenta meses exactos después haría su recuento de daños.

Sabía que eran infalibles, sólo tres cosas le había dejado fijas papá: las cartas, la casa y la deuda. Después se había ido (no tenías que haberte ido) pero quedaba ese sabor amargo y desagradable de apostar con cartas marcadas sin querer ser timador.

Empezó tirando la trama solapadamente, con una mezcla de miedo y timidez. Apenas para recuperar el vicio y el infortunio, pero el tiempo es un cabrón y la rutina cala con lentitud y cizaña. Verse frente a frente con los fantasmas de pasados fugaces, de pasiones juveniles, y del desgastante adiós agazapado de su familia; día a día, y en cada baraja sucia, en las vistas y los ojos acuciosos de Magdalena, en la frustración de los que perdían, en el vaso de whisky y los negocios fracasados…. Todo ameritaba buscar culpables.

Ahí salió papá, mamá, los hermanos, los acreedores, Magdalena, el whisky, el póker, las cartas, la rutina, los amigos, la juventud. No había tenido de otra, yo era sólo un criador de codornices porque me gustaban los pichones y robarles los huevos par venderlos, pero eso no es suficiente.

Las aves estaban en la entrada de la casa y Pedro Moscoso más que hastiado se puso a replantear y repreguntar. A hacer el típico recuento de daños que cae cómo terremoto y deja réplicas más malditas bajo aguaceros desalmados. El mundo es despiadado con las pequeñas aves y ellas se llevaron el peor as.

Magdalena entró al cuarto cuando Mocoso terminaba de sacar cuentas y enumerar los daños.

‘‘Pasé en la mañana donde los acreedores, la deuda ya está paga Pedrito. Empecemos de cero, yo te acompaño’’.

David Ching
2012

Thursday, May 3, 2012

Cuando no te fuiste

Azules fueron las mentiras que dijiste,
cuando no te fuiste.
Cálidos y acojedores los abrazos que me diste,
cuando no te fuiste.
Fríos e ingratos los labios que prohibiste,
cuando no te fuiste.
Mentirosas y falsas las caras que me viste,
cuando no te fuiste.
Las quimeras crueles me gritaron ''vos perdiste'',
cuando no te fuiste
Sin culpa ni intención el aire entristeciste,
cuando no te fuiste.

El juicio que nunca tuve cómodo persiste,
porque no te fuiste.
Esta rima infantil y banal se permite,
porque no te fuiste
Mi alma de la contentera, tranquila se desviste
ahora que no importa si te fuiste.

David Ching
2012